
Aquí estamos, en medio de la primavera encerrados en casa, sin previsión cercana de poder retomar nuestra vida y encima con sentimiento de culpabilidad cada vez que salimos a tirar la basura o para hacer la compra.
Cuando vamos por la calle, abrigados como si fuera el primer día de cuarentena, nos apartamos para no acercarnos demasiado al cruzarnos con algún vecino. Disfrutamos del paseo pero se acaba cuando sentimos un silencio sepulcral en los pasillos del supermercado «¿Os habéis fijado que las neveras hacen ruido?», volvemos cargados con dolor en las manos por el peso de las bolsas mientras intentando recordar cómo el bar de la esquina estaba siempre lleno. Y ya ni los perros ladran cuando salen a pasear.
Ha llegado la primavera, y no podemos salir a disfrutarla. Pero hoy en casa da el sol y podré estar un ratito en la terraza, tomando té, leyendo revistas y riéndome de los comentarios que hace mi vecinito que es un explorador nato y todo lo pregunta y quiere saber.
En otro momento, después de una semana dura, ese ratito me hubiese sabido a gloria y ahora no se por qué… cómo que cuesta más apreciarlo.
Estamos recluidos pero me he propuesto que será un buen día, cocinaré algo rico y me daré un capricho.
